PRESENTACIÓN
MUJERES, FEMINISMO Y SOCIOLOGÍA
La obra se enfoca en la historia feminista de la sociología y la representación de las mujeres en su desarrollo desde 1830 hasta 1930. A lo largo de la historia, la narrativa sociológica ha sido dominada por figuras masculinas, dejando de lado las contribuciones de importantes mujeres como Harriet Martineau. Aunque reconocida como pionera, su trabajo y el de otras sociólogas ha sido marginalizado. Publicado originalmente en inglés en 1998, este libro contemporáneo propone una revisión crítica de la historia sociológica, destacando a autoras que realizaron investigaciones y teorías relevantes excluidas del canon tradicional. La exclusión de estas mujeres ha perpetuado una visión sesgada de la realidad social, sugiriendo que su integración hubiera enriquecido la disciplina. La obra defiende que las mujeres han estado involucradas en la sociología, aportando significativamente a la teoría social, y critica la omisión de sus logros. Estructurado cronológicamente, examina las ideas de quince sociólogas, resaltando figuras estadounidenses como Jane Addams y Charlotte Perkins Gilman, así como europeas como Mariarrne Weber y Beatrice Potter Webb. Este libro es un llamado a reconocer y valorar las contribuciones de estas pioneras para una comprensión más completa de la sociología como ciencia social.
Los capítulos del texto abordan el contexto sociohistórico y biográfico de quince mujeres sociólogas, analizando sus teorías e investigaciones, y evaluando la relevancia de sus aportaciones en sociología y feminismo. Se destaca la crítica de Lengermann y Niebrugge-Brantley sobre la exclusión de estas sociólogas del canon, evidenciada por una doble política de género y conocimiento que favoreció a los hombres. Entre ellas, Jane Addams, una figura influyente, sufrió una disminución de su visibilidad en la sociología tras adoptar posturas pacifistas, lo que marcó un cambio en la percepción de las mujeres en el ámbito académico. Su escasa representación en obras clave refleja este fenómeno. A pesar de una reemergencia de su pensamiento desde 1965, la ausencia de mujeres en la sociología se atribuye a su exclusión en un espacio dominado por hombres. El texto enfatiza que entre 1890 y 1947 el sociólogo debía ser un intelectual neutral, lo que marginó a quienes abogaban por una sociología crítica y activista. Las quince sociólogas comparten el compromiso con la igualdad de género y la reforma social, combinando rigor teórico con activismo, como lo ejemplifican las trayectorias de Harriet Martineau y Jane Addams.
La investigación empírica en barrios, destacada por iniciativas como Hull House Maps and Papers, fue fundamental para la sociología aplicada. Los fundadores se enfocaron en derechos de las mujeres, organización sindical, problemas raciales, integración de inmigrantes y luchas por condiciones laborales justas. Este movimiento no se basa en teorías abstractas, sino en narrativas de casos individuales que ilustran la marginalización. Su enfoque filosófico se enraiza en el pragmatismo, creyendo que el desarrollo de la inteligencia permite un control ético sobre la evolución humana. Charlotte Perkins Gilman, una figura clave del feminismo, aporta una perspectiva innovadora al analizar el género, aunque sin el concepto contemporáneo, llamándolo "excesiva distinción por sexo". Critica cómo esta construcción cultural realza las diferencias, dificultando el reconocimiento de las cualidades humanas comunes. Este énfasis aparece en su análisis de la "relación sexo-económica" y la cultura androcéntrica. Gilman resalta las estructuras sociales que configuran las relaciones interdependientes y advierte que la cultura, origen de concepciones erróneas, es causa de sufrimiento humano, impactando en el trabajo, la economía, la socialización y las relaciones de género.
La obra de Lengermann y Niebrugge-Brantley, *Women and Economics* (1898), destaca la relación sexo-económica como fundamental para entender la dependencia económica de las mujeres de los hombres, lo que genera una personalidad subordinada. Promueven una reforma social que redefina el hogar para permitir el desarrollo equitativo. Asimismo, Gilman critica el patriarcado y la cultura androcéntrica, que distorsionan la sociabilidad y perpetúan el sufrimiento humano. En contraste, las experiencias de Anna Julia Cooper e Ida B. Wells-Barnett, activistas afroamericanas, enriquecen su compromiso con el cambio social; analizan las intersecciones de género, raza y clase, desafiando la hipocresía del sistema estadounidense. Marianne Weber, influenciada por su relación con Max Weber y contemporáneos, se dedica a criticar la sociología universalista de su tiempo, abogando por una sociología del género que resalte la importancia de la experiencia femenina. Su trabajo aborda temas como la dependencia económica y la exclusión profesional, proponiendo políticas que busquen mejorar las condiciones sociales y políticas de las mujeres, y así incorporar su experiencia en el análisis sociológico.
El libro de Lengermann y Niebrugge-Brantley presenta a las ocho sociólogas de la Escuela de Sociología de Mujeres de Chicago como un grupo que utiliza la investigación y la teoría para denunciar desigualdades en Chicago a finales del siglo XIX y principios del XX. Estas mujeres impulsan reformas sociales, abordando temas críticos como el trabajo infantil y la discriminación racial en un contexto de capitalismo salvaje. Con metodologías que combinan datos estadísticos y observación participante, buscan mitigar el sufrimiento social. A pesar de su impacto, han sido subrepresentadas en la historia de la sociología. Beatrice Potter Webb, cofundadora de la London School of Economics, también enfoca su trabajo en la "cuestión social", transformando su visión individualista hacia una colectiva que mejora las condiciones de la clase trabajadora. El libro ofrece una historia feminista, mostrando que su escritura, personal y contextualizada, se apoya en sus experiencias como mujeres de diversas clases y razas. Estas sociólogas son pioneras en promover un conocimiento sociológico inclusivo y accesible, movilizando al público hacia la lucha por la justicia social.
La sociología pública, según Burawoy (2005) y Fernández Esquinas (2006), se presenta como una narrativa feminista que considera el feminismo un movimiento político que busca mejorar la vida de las mujeres. Este enfoque se fundamenta en varias ideologías, como el liberalismo y el socialismo, y se caracteriza por su compromiso con el cambio social. Actualmente, el feminismo moviliza a personas de todo el mundo en la lucha contra la desigualdad y en la defensa de los derechos de las mujeres, quienes enfrentan diversas desventajas en ámbitos como la familia, la economía, el trabajo, la política y la cultura. Las teorías feministas han producido herramientas analíticas derivadas de disciplinas como la historia y la sociología para abordar estas desigualdades. Dentro de la sociología, se aplican enfoques multiparadigmáticos para analizar la representación y las condiciones de vida de las mujeres. El trabajo de autoras en este campo no solo enriquece la teoría sociológica en apoyo al feminismo, sino que también abarca cuestiones sociales y políticas, resaltando la evolución del movimiento a lo largo del tiempo. El libro de Lengermann y Niebrugge-Brantley subraya la relevancia de estas contribuciones feministas en la sociología actual.
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1. PRESENTES EN LA CREACIÓN. MUJERES EN LA HISTORIA DE LA SOCIOLOGÍA Y DE LA TEORÍA SOCIAL.
La sociología, según Dorothy E. Smith, se define como una comprensión sistemática de la sociedad y sus relaciones, centrando su análisis en la historia y teoría sociológica, especialmente en tres reivindicaciones clave: el rol de las mujeres en la sociología, sus contribuciones a la teoría social, y su exclusión de la narrativa oficial de la disciplina. El esfuerzo feminista busca rescatar la historia de las mujeres en las ciencias sociales, subrayando la relevancia de figuras como Harriet Martineau y Jane Addams. A través del estudio de dieciséis mujeres fundamentales, se evidencia que la narrativa histórica de la sociología ha tendido a excluirlas, reflejando una política de género que condiciona la identidad de los sociólogos. Aunque las narrativas americanas han marginado sus aportes, la inclusión de sus voces revela un impacto significativo en la comprensión de la vida social. Esta exclusión distorsiona la visión de la disciplina, que normalmente se narra a través de teorías dominadas por hombres como Comte y Marx. El capítulo concluye enfatizando la necesidad de reintroducir las contribuciones de estas mujeres en el canon contemporáneo de la sociología, enriqueciendo el campo y proporcionando una visión más completa de las relaciones sociales humanas y su desarrollo.
UNA PRESENCIA SIGNIFICATIVA: MUJERES SOCIÓLOGAS, 1830-1930
La distinción entre "suprimido" e "invisibilizado" es esencial para comprender la experiencia histórica de grupos marginados. La "invisibilidad" indica falta de reconocimiento significativo, mientras que "suprimido" significa que se fue visto y luego eliminado de los registros. El análisis de quince mujeres sociólogas revela que fueron suprimidas, no invisibilizadas, pues su trabajo fue reconocido y relevante en las ciencias sociales. Estas mujeres, contemporáneas de figuras masculinas de la sociología, adquiririeron influencia en la comunidad sociológica y publicaron como sociólogas. Harriet Martineau, pionera en métodos sociológicos; Jane Addams, fundadora de Hull-House y defensora de reformas sociales; y Charlotte Perkins Gilman, líder intelectual feminista, son ejemplos destacados. No solo contribuyeron significativamente a la sociología, sino que también participaron activamente en debates teóricos y prácticos, desafiando narrativas que las relegan al olvido.
En Estados Unidos, figuras como Wells-Barnett, activista contra el linchamiento y cofundadora de la NAACP, y Cooper, intelectual afroamericana que organizó el primer Congreso Panafricano, también enfrentaron racismo al forjar teorías de conflicto. Marianne Weber, influyente en el feminismo alemán y primera mujer en el parlamento alemán, estudió el estatus de las mujeres y preservó el legado de su esposo, Max Weber. Spencer contribuyó a estudios sociológicos y al Estado del bienestar británico. Las integrantes de la Escuela de Sociología de Mujeres de Chicago fueron claves en la reforma social con líderes como Kelley, Lathrop y Abbott en posiciones de poder.
En aquella época, figuras como Edith Abbott y Breckinridge establecieron la School of Social Service Administration en la Universidad de Chicago, donde Talbot se convirtió en decana de mujeres. Kellor, fundadora de la American Arbitration League, mantuvo correspondencia con Friedrich Engels y tradujo su obra "The Condition of the Working Class in England in 1844". Además, MacLean y Kellor estudiaron con Henderson, siendo referenciadas por Park y Burgess en "Introduction to the Science of Sociology". Muchas de estas mujeres interaccionaron en Hull-House, el centro de trabajo de Addams, donde exploraron "Women and Economics" de Gilman. Juntas, Addams, Wells-Barnett, Kelley y Breckinridge establecieron la NAACP y emplearon "The Co-operative Movement in Great Britain" de Webb para iniciar una casa cooperativa destinada a mujeres trabajadoras. Martineau y Cooper, aunque pertenecientes a diferentes generaciones y contextos, también formaron parte de esta red. Las mujeres de este grupo reconocieron su papel en un movimiento más amplio hacia una ciencia social crítica, centrada en la desigualdad. A pesar de tener diversos enfoques sobre género, clase y raza, compartieron la convicción de que tanto la investigación como la teoría debían enfocarse en las desigualdades sociales. Destacaron la importancia de abordar estos temas de manera interdisciplinaria, a través de la colaboración y el compromiso con la justicia social, sentando así las bases para futuros estudios y análisis críticos en las ciencias sociales.
GÉNERO Y CONOCIMIENTO: LA POLÍTICA DE LA ELIMINACIÓN
A pesar de sus contribuciones en sociología, las mujeres fundadoras quedaron en la marginalidad y fueron recordadas de manera limitada. Martineau como traductora de Comte, Weber como la criada del genio, y Addams como una figura pública, ilustran este fenómeno. La eliminación de su presencia se relaciona con procesos de empoderamiento y la lucha por la autoridad, clave en las políticas de género y del conocimiento. La carrera de Addams muestra la compleja relación de las mujeres con la autoridad y su reconocimiento como sociólogas.
UNA POLÍTICA DE GÉNERO
La escasez de mujeres fundadoras en el ámbito académico refleja la vulnerabilidad de su autoridad en un contexto dominado por hombres. Esta fragilidad se puede entender a través de la reinterpretación feminista de la teoría fenomenológica de Alfred Schutz, quien enfatiza que la verdadera comprensión entre seres humanos ocurre en interacciones cara a cara. El concepto de "orientación-tú" revela cómo las personas se reconocen como iguales; sin embargo, en interacciones no presenciales, se basan en "tipificaciones" de experiencias pasadas. Al fallecer, una persona se convierte en "predecesora", donde su legado académico es reducido a un canon rígido. El enfoque de género destaca que las mujeres son vistas por los hombres desde un prisma de privilegio masculino, considerándolas "inferiores" a pesar de su notable presencia. A través de testimonios, se comprueba que las mujeres fundadoras eran conscientes de su desventaja en la investigación social. La autobiografía de una autora de 1926 pone de manifiesto la desalentadora conversación con Alfred Marshall sobre la escritura, donde él subestimó su trabajo. Marianne Weber relata su experiencia en 1893, destacando cómo le enseñaron tareas domésticas en vez de apoyarla en su intelecto, mientras que en 1899, Kelley no logró obtener un cargo como Inspectora de Fábricas debido a la preferencia por un hombre menos calificado. A pesar de su conexión con hombres influyentes, como Jane Addams, su trabajo fue marginado y poco referenciado, evidenciando el desprecio hacia las contribuciones femeninas en un contexto patriarcal que invisibiliza sus logros, relegándolas a un rol secundario.
En sociología, se observa una exclusión de las mujeres del canon académico, lo que refleja la aceptación de un pensamiento simbólico masculino. Este fenómeno se evidencia en la escasa presencia de autoras en textos y debates del campo. La inclusión en el canon no solo implica seleccionar textos, sino también requiere una reflexión profunda sobre el trabajo y la autoridad dentro de la disciplina. Un estudio clásico evidenció que las opiniones de los estudiantes a menudo no alineaban con el canon establecido, sugiriendo que, en ausencia de una "autoridad misteriosa", la reputación de los poetas podría verse afectada rápidamente. La marginación de pensadoras como Jane Addams y Harriet Martineau pone de manifiesto un patriarcado que trivializa y distorsiona sus contribuciones intelectuales. Por ejemplo, los homenajes a Addams enfatizan su rol de madre, en lugar de su capacidad intelectual. Asimismo, los obituarios de Martineau minimizan su trabajo, presentando sus cualidades con términos masculinos, lo que disminuye su valor académico. Esta percepción sesgada contribuye a un entorno donde las virtudes valoradas en la academia no se asocian con la feminidad, perpetuando su lucha por reconocimiento y legitimidad en el ámbito sociológico. La invisibilidad de estas figuras y sus aportes demuestra la necesidad de reevaluar y ampliar el canon académico, no solo para incluir textos, sino para reconocer y legitimar las voces de las mujeres en la sociología.
UNA POLÍTICA DEL CONOCIMIENTO
La marginación de las mujeres fundadoras en la sociología se profundizó a raíz de un debate sobre el rol del sociólogo, que influenció la política del conocimiento entre la "objetividad" y el "compromiso". Entre 1890 y 1947, se estableció que el sociólogo debía ser un intelectual comprometido con el rigor científico, deslegitimando el trabajo tanto de ellas como de aquellos que propugnaban una sociología crítica. Albion Small abogó en 1895 por un enfoque variado en la American Journal of Sociology (AJS), pero en 1916, el énfasis se trasladó hacia la investigación pura y el reconocimiento académico.
La sociología evolucionó de un ámbito de discusión informal sobre problemas sociales a convertirse en una ciencia rigurosa. En 1921, Park y Burgess establecieron la sociología como investigación científica pura, en oposición a ser un compendio de intervenciones sociales. En 1947, Louis Wirth consolidó esta perspectiva, priorizando la excelencia técnica y la neutralidad valorativa, desestimando a sociólogos anteriores como mera reforma social. No obstante, muchas mujeres fundadoras y hombres sociólogos se concentraron en temas de pobreza, clase, raza, género y dinámicas comunitarias.
El enfoque en la excelencia científica en sociología surgió del traslado de la disciplina a las universidades, en busca de autoridad profesional y estatus social. A finales del siglo XIX, surgieron numerosas oportunidades laborales en agencias y organizaciones políticas; sin embargo, la historia de la sociología a menudo menosprecia el impacto de las mujeres fundadoras, influenciada por la perspectiva de historiadores académicos. La matrícula en educación superior creció notablemente, del 2% en 1890 al 15% en 1940, al tiempo que la población estadounidense se duplicó, caracterizando a la sociología americana como una disciplina académica autónoma.
Para asegurar su contexto laboral, la comunidad sociológica se adaptó a las expectativas académicas y al poder corporativo. Universidades, dependientes del financiamiento de corporaciones y gobiernos, buscaban distanciarse de posturas radicales. Este fenómeno quedó evidenciado en académicos como Henry Carter Adams y Edward W. Bemis, quienes enfrentaron despidos por sus posturas protrabajadores, llevando a muchos a evitar temas controvertidos.
La estructura académica en sociología presentaba criterios específicos que dificultaban la interacción profesional entre géneros. Entre 1890 y 1940, las mujeres representaron alrededor de una cuarta parte de los académicos en diversas disciplinas, aunque esta cifra sobreestima su presencia en sociología al incluir docentes de universidades femeninas y profesiones consideradas "de mujeres". Durante este tiempo, ninguna mujer ocupó puestos destacados en departamentos de sociología ni presidió la American Sociological Society, y menos del diez por ciento de los artículos en revistas importantes fueron escritos por ellas.
Las tendencias hacia el cientificismo en sociología se moderaron durante periodos de cambio social, como el movimiento progresista y la segunda ola feminista, que promovieron la producción sociológica femenina. Sin embargo, predominó un conservadurismo y un enfoque cientificista en la disciplina. La década de 1930 trajo una crisis económica y opuestos al capitalismo, lo que impulsó nuevas formas de experimentación social vinculadas a los esfuerzos de reforma social del gobierno de Franklin Roosevelt.
La sociología activista fue inicialmente impulsada por mujeres, pero en respuesta a las demandas del New Deal, la sociología académica se enfocó en proporcionar experiencia técnica para evaluar políticas. Esto se evidenció en la escasez de textos críticos en revistas sociológicas y en el predominio de la sociología estadística, guiada por figuras como William Ogburn y H. L. Henderson. En este contexto, la narrativa sociológica se reconfiguró para marginar a pensadores previos y excluir a las mujeres fundadoras.
El nuevo canon, promovido por teóricos como Talcott Parsons, Robert Merton y Paul Lazarsfeld, combinó teoría estructural-funcionalista y metodologías de encuestas, buscando un enfoque neutro y universal en el estudio social. En "The Structure of Social Action", Parsons defendió una sociología centrada en el consenso y el orden social, aunque sus referencias a Park y Burgess reflejaron un enfoque limitado. Así, el canon sociológico moderno se presenta como un constructo social que marginaliza a las mujeres fundadoras y prioriza el consenso sobre las desigualdades sociales.
HACIENDO REGRESAR A LAS MUJERES
Los próximos capítulos analizan el papel de las mujeres fundadoras de la sociología, comenzando con Martineau y concluyendo con las Mujeres de Chicago y Webb. Estos capítulos, organizados para el interés del lector, ofrecen biografías que contextualizan a figuras clave como Addams, Gilman, Cooper y Wells-Barnett, cuyas vidas han sido menos conocidas que las de sus colegas masculinos. Se destacan sus contribuciones teóricas, comenzando con Martineau y su método para estudiar la moral y las costumbres. Addams investiga la ética y el materialismo para una "democracia socializada"; Gilman critica la desigualdad de género, sugiriendo un programa para la igualdad. Cooper y Wells-Barnett enfocan la sociología desde la perspectiva de los menos favorecidos, analizando la intersección de raza y género para revelar injusticias sociales. Las Mujeres de Chicago defienden políticas que beneficien a grupos vulnerables, mientras que Webb propone utilizar la investigación social para abordar la pobreza. Cada capítulo concluye en el vínculo de sus teorías con el canon sociológico y el feminismo contemporáneo, destacando el compromiso moral contra el daño social y la crítica contextualizada.